LIBER AD MILITES TEMPLI DE LAUDE NOVAE MILITAE

La nueva milicia

Tunc autem caeleste depositum secure et fideliter custodire sufficitis, si nequaquam de ipsa vestra vel prudentia, vel fortitudine, sed de Dei tantum adiutorio ubique praesumitis, scientes quia non in fortitudine sua roborabitur vir, et ideo dicentes cum Propheta: Dominus firmamentum meum, et refugium meum, et libera‐ tor meus, et illud: Fortitudinem meam ad te custodiam, quia Deus susceptor meus; Deus meus, misericordia eius praeveniet me, et item: Non nobis, Domine, non nobis, sed nomini tuo da gloriam, ut in omnibus sit ipse benedictus, qui docet manus vestras ad proelium et digitos vestros ad bellum.

Hugo de Payns, el primer Maestre de la Orden del Temple, le había solicitado a San Bernardo que escribiera a los templarios unas letras, con la idea de confortarlos ante la difícil situación en la que vivían, no conscientes aún de la “legalidad espiritual” de su Orden. El fundador del Cister se hizo de rogar hasta tres veces, pero la espera daría, como veremos, sus frutos. No es de extrañar la tardanza de Bernardo. Si bien el monje la atribuye a que no deseaba que lo tildaran de precipitado, es fácil suponer que no tenía muy clara la viabilidad, dentro de la realidad teológica del momento, de esa nueva vía, monástica pero militar, para alcanzar la “Jerusalén celeste”. Hasta ese momento, el ideal monástico era el único camino, estando terminantemente prohibido a los monjes derramar sangre, ni siquiera la de los enemigos de la Cristiandad. Bernardo –en palabras de Cósimo Damiani Fonseca– al contrario que los círculos

los templarios

gregorianos, no considera el uso de las armas lo más adecuado para la expansión de la Iglesia2 . Quizás, –aquí coincidimos con Demurguer– debió de ser la calidad de la fe de aquellos caballeros la que lo llevó a la decisión de elaborar el opúsculo, en el cual, contrariamente a lo que defendía anteriormente, hace un elogio de la guerra santa y de los monjes-guerreros3 . Quizá también influyeran las circunstancias de la Cristiandad en los siglos XI y XII, sobre todo a partir de la primera cruzada. De laudae novae militiae ad milites Templi consta de dos partes claramente diferenciadas. En la primera, Bernardo describe la misión del templario, justificando la existencia del monje-caballero. En un tono ciertamente apologético, califica la milicia templaria como algo extraordinario, nunca visto en los siglos anteriores. En ella, los caballeros libran a un tiempo dos combates: contra la carne y la sangre y contra el espíritu de la malicia. Este doble combate es lo que se resalta, pues el hecho de que los monjes luchen contra el pecado y los vicios, y los caballeros contra los enemigos, cada uno por su parte, no tiene tanto mérito, pero sí el que ambas luchas confluyan en el mismo combatiente. Este soldado está armado por la fe, del mismo modo que su cuerpo lo está con la armadura. A continuación, hace un elogio del valor del templario, que no teme a la muerte, que incluso la desea, porque la muerte lo unirá a Jesucristo. Es, pues, una justificación del martirio y, al mismo tiempo, una justificación de la guerra contra los infieles, pues el templario, mate o muera, nunca será un homicida, sino un soldado de Cristo. Esto es la guerra santa.

De laude… y la Regla muestran con claridad el ideal que insuflaba a los templarios. Son personas de profunda fe, vigorosos y valientes combatientes, disciplinados soldados en la batalla y humildes monjes en el convento, con una vida verdaderamente ascética, más por la dureza de los servicios que debían cumplir que por la práctica del ascetismo corporal. Ciertamente, como monjes que son tienen que prescindir de todo lujo superfluo, porque deben combatir permanentemente los vicios del cuerpo y del espíritu, pero también son soldados, y necesitan estar bien alimentados para no desfallecer en la batalla. Practican la hospitalidad y la caridad con los necesitados, aunque su fin no sea estrictamente ése, sino el patrullaje de los caminos y el combate contra los musulmanes. Sin embargo, a nuestro juicio, es la tarea militar la función primordial. A pesar de que San Bernardo se asombre por la conjunción, en la misma persona, del ideal monástico y del militar, son los servicios de armas los que ocupan la mayor parte de su tiempo, asistiendo sólo cuando el servicio lo permite a los oficios religiosos, algo impensable en un monje cisterciense, por ejemplo. De cualquier manera, estamos ante una monetización de la caballería (o una militarización de la vida monástica si se prefiere) que responde perfectamente a las necesidades de la Iglesia en ese momento. La Orden del Temple, y posteriormente las otras Órdenes militares, son la expresión más apropiada de la “Militia Dei”, en contraposición a la “Malicia Mundi” que representa la caballería secular.

La Nueva Milicia

“El soldado que reviste su cuerpo con la armadura de acero y su espíritu con la coraza de la fe, ése es el verdadero valiente y puede luchar seguro en todo trance. Defendiéndose con esa doble armadura, no puede temer ni a los hombres ni a los demonios. Porque no se espanta ante la muerte el que la desea. Viva o muera, nada puede intimidarle a quien su vida es Cristo y su muerte una ganancia. Lucha generosamente y sin la menor zozobra por Cristo; pero también es verdad que desea morir y estar con Cristo porque le parece mejor”.

“¿Por qué se amotinan las gentes y los pueblos trazan planes vanos?”. Y en los días de victoria, sobre el campo de batalla regado por la sangre de los hermanos –“un hermano ayudado por el hermano es como una ciudad amurallada”, dice la Biblia-, rodilla en tierra, rezaban con humildad:

Non nobis, Domine, non nobis, sed Nominem tuo da gloriam.

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