Juana de Arco

Juana de Arco. Después de la muerte de Carlos VI de Francia, ocurrida en 1491, los ingleses se habían apoderado de una parte del territorio de esa nación y pretendían ocuparla bajo su dominio, por entero.

El delfín Carlos VII, heredero del trono, era débil y despreocupado y había entregado su confianza a un vasallo infiel, el duque de Borgoña, que estaba en tratos con los ingleses.
La guerra que éstos hacían a los franceses había llegado ya hasta las murallas de Orleáns, ciudad que asediaban con sus tropas, y cuya caída hubiera sido la ruina definitiva del reino de Carlos VII.


Dios preparaba la salvación de Francia en donde nadie lo hubiera pensado. Vivía en Domremy una inocente niña, sumamente piadosa, caritativa y obediente, que ni siquiera sabía leer. Esta era Juana de Arco, quien desde los trece años comenzó a tener visiones sobrenaturales que nadie adivinaba. Cuando llegó a los dieciséis, aproximadamente, las visiones le mandaron que se pusiese en contacto con el heredero del trono, Carlos VII, y después de encabezar ella misma las tropas de éste, tomase la ciudad de Orleans y llevase a Carlos a Reims, para que fuese coronado rey de Francia.

Nadie quería tomar en serio a Juana de Arco, ni a su mensaje. Pero las señales manifiestas que dio, de ser la enviada de Dios, convencieron a Carlos VII, y habiéndola puesto al frente de reducido número de soldados, le encomendó que los guiase a la victoria. En todas partes se abrió paso triunfal al ejército de Juana. Carlos VII fue coronado, y la primera misión de Juana llevada a término.

Entonces comenzó su calvario. Se vio abandonada y falta de apoyo. Luchó, no obstante, por tomar la ciudad de París para su rey; pero fue herida, hecha prisionera, sujeta a malos tratos y por fin entregada a muy alto precio de dinero a los ingleses, por el obispo renegado Cauchon, que era francés.

Después de ser sometida a quince tribunales incompetentes, fue condenada a prisión perpetua. Habían llegado sus carceleros hasta la iniquidad de poner espías que escuchasen lo que decía en confesión. El sacerdote le aconsejó que apelase al Papa, pero su petición fue desechada.


Por fin, estando ella dormida, los carceleros quitaron las ropas de mujer que usaba en la prisión y pusieron otras, masculinas, en su lugar. Ella esperó hasta el mediodía, pero no pudo salir del lecho, sino usando estas vestiduras. Esto bastó para que se le condenara como reincidente en brujería, desobediencia y otros crímenes.

Fue llevada al cementerio y quemada viva, a fuego lento. Pero su corazón no fue destruido por las llamas, como señal de que estaba puro y libre de culpa.

Más tarde, el mismo Carlos VII hizo revisar y anular el proceso mediante otro de rehabilitación por el cual se llegó a proclamar la inocencia completa de Juana. Pasados muchos años, otro obispo de Orleáns, monseñor Dupanloup, rogó a la Santa Sede que se tramitase la canonización de Juana de Arco, y así se hizo cuidadosamente. San Pío la declaró Beata en 1909, y Benedicto XV, en 1920, la canonizó, nombrándola Patrona de Francia.

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Lore Magda
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Un comentario

  1. Muy interesante, conocía muy poco de la biografía de Juana de Arco,
    Enhorabuena por su texto y sus utilisimos enlaces.

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