El Reino de Dios (2)

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El Reino de Dios

Templarios y caballeros, en el reino de Dios, todos somos iguales, todos tenemos cobijo bajo el manto blanco de Dios, lleno de gran enseñanza del Señor hacia sus discípulos y a todos nosotros. No importa de dónde sea una persona y quién sea esa persona; lo importante es la Fe en el Señor.

Él sabía de sobra, quién le oraba y quien le pide; conoce todos los corazones de los hombres. Pero, a veces, se hace el “desentendido” en nuestras peticiones; espera el acto de Fe que salga de nuestros mismos. Hemos de estar seguros de cómo y a quién nos dirigimos: entonces la fe: “hará que esa montaña se traslade al mar”

Ten compasión de nosotros, Señor, Hijo de David. El mal nos acecha y nos rodea por todas partes. El demonio, el maligno se nos ha colado y pretende perdernos.

¿Acaso dirá el Señor: sólo he venido a salvar a los sanos? La Fe nos llevará al Calvario y allí estaremos con Él en el paraíso.

Caballeros y templarios, estamos en el reino de Dios, insistamos, “persigamos al Señor”, gritemos a Dios “para que nos oiga”. Esos gritos harán aumentar nuestra Fe. Los tiempos lo requieren. Las ovejas descarriadas de la “casa de Israel”, necesitan de nuestra oración y nuestra insistencia. Ese demonio “muy malo” se ha introducido; porque le hemos abierto la puerta, en la comunidad de creyentes. Sólo lo expulsaremos con mucho “ayuno y oración”.

Templarios y caballeros, la lucha que tenemos por delante es grande y terrible, pero confiemos en nuestra Señora María y en nuestra “espada” y en nuestro manto blanco que saldremos vencedores.

Por qué nos puede decir el Señor lo mismo que dijo entonces. ¡Hipócritas!

Con todo lo que está cayendo hoy y no sabemos interpretar por donde soplan los vientos.

Hay un huracán que envuelve el reino de Dios y a la Iglesia de Dios, por haberse implicado en exceso, en las cosas del mundo; olvidando lo que el Señor nos dijo: “estáis en el mundo, pero no sois del mundo”. Pues son pocos, lo que se están dando cuenta de las borrascas que sacuden la Fe de los cristianos, de los creyentes.

Caballeros y templarios, en el reino de Dios, lo que siempre se nos enseñó desde la Iglesia, inspirada en el Evangelio, lo malo es malo; y lo bueno es bueno. El Señor vino para “redimirnos” de las máculas que impiden que alcemos la mirada hacia lo divino. Ahora se nos enseña que no miremos a lo divino, sino a lo humano.

¿Templarios, hermanos, qué haremos los que tantos años hemos luchado, en lucha muy desigual, contra las cosas del maligno? ¿Hemos sido tontos, imbéciles; está el Señor con nosotros o con los que manipulan su mensaje?

El que no sea capaz de interpretar lo que sucede, allá él: “La mano del Señor es poderosa” y tarde o temprano se verá su castigo a los que manipulan para la perdición de las almas.

Templarios y caballeros, en el reino de Dios, si tu hermano peca contra ti, repréndelo estando los dos a solas, y si no hace caso ni a la comunidad, considéralo como un pagano ; además que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la Tierra para pedir algo, se lo dará el Padre que está en los cielos, porque donde dos están reunidos en su nombre, allí está El en medio de ellos.

Este debe ser el comportamiento de los cristianos, hermanos del Temple. Entre dos resolver las discrepancias; si la cosa no se aclara, pues recurramos a otros hermanos. Si no hay solución y humildad, hemos de considerarnos como paganos. Algo peligroso para nuestra alma. “Cuando vayamos a resolver un pleito, por el camino pongámonos de acuerdo, no sea que ante el juez seamos condenados ambos”.

Ya vemos la recomendación del Señor, unión entre dos o tres y si estamos todos unidos en un mismo espíritu, orando juntos hermanos, Jesús estará entre nosotros. Ahora en la distancia y sin temor, la comunión de los santos es eficaz y fructífera. En ella creemos. Que no sea sólo una recitación en el credo; que la hagamos realidad en nuestras vidas. Ante el Nombre de Jesús oremos, oremos intensamente; lo necesita el reino de Dios, la Iglesia verdadera y con ella nosotros que decimos ser fieles hijos de Dios, oremos para la mayor Gloria de Nuestro Señor.

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