TEMPLARIOS Y CELTAS(DRUIDAS)

templarios

¿QUE LOS UNE?

Hay algo que une a los celtas (culto druídico) con los templarios (e

incluso con algún movimiento herético medieval), y esto es su carácter

sincrético y la búsqueda de una identificación con el Ser Supremo.

No solo ya los templarios, sino también los priscilianistas, los

cataros, los primitivos masones y todos los dualistas heterodoxos

medievales han estado fundamentados en el celtismo.

El Temple, por razones unas veces nada claras y otras evidentes, ha buscado establecer sus edificios en lugares de culto céltico.

Santa Marinha de Augas Santas: La huella de los Templarios

Galicia atesora un legado milenario y a través de sus monumentos cristianos podemos seguir el rastro de las culturas autóctonas, que supieron transmitir su mensaje hasta nuestros días.

Esta edificación, cuyas obras se iniciaron en el último tercio del siglo XII, presenta claras influencias de los constructores de la catedral de Ourense. De sillería granítica, en la mayor parte de su ornamentación predominan los motivos vegetales.

Pero lo que más llama la atención del visitante es el escudo que se encuentra a la izquierda del ábside, encima de una pequeña puerta. En su centro, además de los símbolos del obispado, destaca una apabullante cruz templaria. Además, en las pequeñas ventanas del ábside, descubrimos la famosa flor de lys, reproducida bajo un aspecto ligeramente vegetal. En el interior del edificio y en la base de una de las columnas cercanas a la pequeña puerta de salida, todavía puede distinguirse, a pesar de su deterioro, otra cruz patada muy desgastada.

El santuario comienza en esta iglesia románica de los Regulares de la Orden de San Agustín y termina en un recorrido de casi un kilómetro, que se adentra por un bosque en el cual se detectan las huellas ancestrales de un antiguo lugar mágico, con numerosos robles denominados «carballos» por los lugareños, que eran venerados por los druidas galaicos. Los castros y los megalitos de la zona vienen a confirmar este remoto pasado de advocaciones paganas de todo tipo, antes y después de la cristianización de Galicia.

capilla

A pesar de la influencia del cristianismo, los celtas del siglo V siguieron practicando sus creencias. Con el paso del tiempo, se adaptaron a la demanda de la nueva religión, pero sin llegar a renunciar nunca a sus raíces. Dichas creencias estaban muy vivas todavía cuando el Temple se estableció en. La casi inexistente confrontación entre druidismo y cristianismo favoreció la simbiosis entre estas dos culturas espirituales. Esto resulta evidente en el hecho de que la imagen de Santa Marinha apareciese en el interior de un roble, árbol sagrado del mundo celta. Dicha representación se encuentra cercana al ábside de la iglesia.

No es casualidad que, como sucede con esta santa, en otros lugares de la región también se repita la misma constante. Lo vemos en muchas otras imágenes sagradas, identificadas con denominaciones vegetales o arbóreas, como La virgen de la Espina, Nuestra Señora de la Encina, Santa María de la Oliva, etc. Es una pauta que se repite a lo largo de toda la geografía gallega, siempre asociada con fuentes, manantiales y bosques. Además, se trata de un fenómeno que se produce en lugares muy próximos a los enclaves de la Orden del Temple.

Cuenta la tradición que, por los años sesenta, el párroco de la Iglesia, quien no comulgaba con esas devociones ancestrales druídico-cristianas, mandó quemar uno de esos robles milenarios. Al cabo de un tiempo, aquellos que llevaron a cabo tal orden habrían perecido en extrañas circunstancias. Lo sorprendente del caso, coincidencia o no, es que por la zona se comenta la existencia de una leyenda de varios siglos de antigüedad sobre el cuidado con que deben tratarse estos árboles sagrados. Posiblemente, el arraigo de tales tradiciones populares marcó profundamente la vida cotidiana de las gentes de Augas Santas, consolidando su respeto por el entorno natural.

Desde la Edad Media, la fuente milagrosa que se halla a los pies de la Santa recibe a romeros y peregrinos de todos los rincones de la comarca, e incluso a aquellos procedentes de lejanas tierras que vienen a venerar su imagen y a recibir sus aguas. Algunos de los que peregrinan realizan abluciones en las oquedades graníticas de las piedras que se encuentran esparcidas a lo largo del camino, cuyas aguas tienen fama de poseer propiedades curativas.

Fuentes milagrosas

No es posible asegurar con certeza si estas aguas tienen virtudes sanadoras o no, pero lo cierto es que en la iglesia se exponen gran cantidad de ex-votos y muchos sostienen haber sido testigos de curaciones. Nos hallamos ante una de las constantes que han caracterizado a los asentamientos de la Orden del Temple: montes sagrados, cuevas iniciáticas, fuentes milagrosas y monumentos megalíticos.

Es evidente que en los siglos XII, XIII y principios del XIV, este lugar y su entorno no eran los mismos que hoy. Por aquel entonces, el sitio reunía todos los requisitos de otros enclaves peninsulares similares. Era un paraje solitario, recóndito y casi aislado de toda concentración urbana. Por eso, permitía la celebración de rituales de iniciación y el retiro necesario para la meditación, lejos de miradas indiscretas.

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A pesar del tiempo transcurrido, y de que la historia de la Santa se transmitió oralmente durante siglos, su existencia puede ser reconstruida. Se trataba de una mujer gallega, educada en la fe cristianas, que fue perseguida y recibió sepultura cerca del lugar de su ejecución. Sus seguidores le rindieron culto en secreto, hasta que Constantino ordenó que cesara la persecución de los cristianos. La leyenda sostiene que, cuando se produjo su martirio y muerte por decapitación, la cabeza dio tres tumbos en el suelo y que de cada uno de estos puntos brotó una fuente. De estos hechos legendarios proviene el nombre de la localidad.

Otro importante conjunto vinculado con la tradición, el entorno y la historia de Santa Marinha, lo forman el Monte das Casarellas, también conocido como Cibdá de Armea, y el monumento soterrado de la Basílica de la Ascensión, denominado popularmente O Forno da Santa (El Horno de la Santa). Los trabajos arqueológicos han sacado a la luz un importante asentamiento castreño, cuyos hallazgos se exponen en el Museo Provincial de Ourense. Esta ruta mistérica e iniciática posee otra etapa, que comienza cuando se llega al roble junto al cual falleció la Santa. Su tumba, que es en realidad una piedra megalítica situada en la base del árbol, es otro elemento que encaja perfectamente en esas tradiciones tan afines al Temple, que pueden rastrearse a lo largo y ancho de la Península.

Encontrar la ubicación de la Basílica es tarea harto difícil, por lo que lo aconsejable es ir acompañado por alguien del lugar que nos sirva de guía. Después de dejar el camino que sube al Oteiro dos Pendóns, se llega a una explanada donde está ubicada la espectacular cripta. La construcción corresponde a una obra románica de transición, comenzada en el siglo XII, de la que sólo se conserva el muro de la cabecera, levantado hasta la altura de los capiteles. En sus paredes aparecen algunos signos lapidarios idénticos a los que existen en la iglesia visitada anteriormente. De esto se desprende que, o bien un mismo equipo llevó a cabo ambas construcciones o, por el contrario, uno nuevo indicó con dichas marcas que ambas edificaciones estaban relacionadas.

Dentro de la cripta

Una columna con capitel, a la derecha de una puerta estrecha que luce en su parte superior una de las cruces utilizadas por el Temple, rodeada por el símbolo solar del círculo, señala el lugar de acceso a la cripta.

La visita se convierte en un auténtico descenso al mundo subterráneo. La humedad cala hasta los huesos y la oscuridad casi absoluta añade una atmósfera más enigmática al entorno.

La escalera tortuosa y resbaladizos desciende entre paredes mohosas, a las cuales debe añadirse el techo muy bajo, que obliga a desplazarse agachado y extremando la prudencia. El uso de una linterna resulta absolutamente indispensable.

La cripta se distribuye en tres tramos bien diferenciados. El primero, donde desembocan las escaleras, es una estancia rectangular cubierta con una bóveda de cañón sostenida por tres arcos que arrancan desde el suelo. Al suroeste hay una especie de piscina y una gran losa para franquear el paso al segundo tramo de la cripta, a través de una abertura en el muro de separación. En este segundo espacio, el pavimento está formado por losas rectangulares y trapezoidales que contrastan con la irregularidad del anterior y en cuya construcción se reutilizaron, lamentablemente, laudas y lápidas del siglo XVIII, que fueron descubiertas al realizar unas obras de restauración a finales de los años cuarenta.

Finalmente, el tercer tramo es el que aporta los mayores vestigios de la antigüedad de la Basílica. Se trata de una dependencia de ábside semicircular, construida con piedras pequeñas y cubierta con falsa cúpula, rematada por una losa en la cual se abre un orificio que da al exterior y por el cual penetra un rayo de luz. No resulta difícil encontrar en dicho lugar velas, flores y restos de ofrendas de aquellos feligreses que sienten especial devoción por la Santa.

Marcas de cantero

Los elementos que componen este último espacio, la gran losa de separación y la piscina, concuerdan con las llamadas «cámaras funerarias» de la cultura castreña. En los lugares más recónditos están escondidas las marcas de cantero. No cabe duda de que los puntos elegidos y la oscuridad reinante son buenos aliados para que pasen inadvertidas. Si tenemos la suerte de localizarlas, comprobaremos la existencia de una tradición compañeril milenaria, puesto que sus grafías se corresponden con las de los petroglifos prehistóricos, tan abundantes en el no muy lejano yacimiento de Campo Lameiro. También presentan una estrecha relación con las famosas runas nórdicas. En este caso se trata de runas zodiacales que representan constelaciones, entre las cuales destaca una de las más utilizadas en el románico galaico: la grafía de Aries. Este círculo con una media luna en su parte superior es el que llegamos a distinguir hasta en tres ocasiones en los mohosos muros de la estrecha escalera.

Las escasa lápidas que aún se conservan en el interior, aunque abandonadas a su suerte, recuerdan las que se encuentran en los enclaves de los canteros medievales de Iria Flavia y Noia. Son lápidas con símbolos crucíferos, patas de oca, una figura antropomorfa que saluda al sol naciente como han hecho todas las culturas denominadas solares y otros signos, probablemente esotéricos, cuyo significado desconozco. Cuando estas lápidas fueron descubiertas, las tumbas estaban vacías.

Los especialistas hallaron en Santa Marinha otras marcas debajo del nivel del suelo, además de una corriente de agua que circulaba bajo ellas. Esto viene a confirmar la persistencia de esas creencias ancestrales sobre la existencia de fuerzas telúricas provenientes de la Madre Tierra, que la moderna geobiología investiga en la actualidad aplicando el rigor del método científico.

Los lugares de poder término utilizado profusamente hoy día, se encontraban asociados a puntos muy definidos, en los cuales emergía la fuerza telúrica. Y estos eran buscados por los eremitas, santos y místicos, que pasaron largos años de su vida en el silencio de los espacios interiores de su ser, en sintonía con dichas fuerzas.

No cabe duda de que la estructura de la cripta es un fiel reflejo de la cueva o gruta primigenia. Desde tiempos remotos, el simbolismo de lo terrenal y lo celestial era representado por estas oquedades que ofrecía la tierra.

En la Grecia Antigua, la cueva simbolizaba el mundo. Ya Platón percibió la gruta como un arquetipo cósmico, con un significado espiritual y moral. Dicha cavidad evocaba la imagen del útero o la matriz materna.

Entrar en ellas con espíritu despierto equivale a una exploración del yo interior y, más concretamente, del inconsciente. Desde esta perspectiva, la cueva se convierte en una imagen del Cosmos. El suelo corresponde a la tierra y su bóveda al cielo, como sucede en las iglesias. Muchos de esos templos, en su mayoría los de mayor relevancia y dimensiones, poseen en su subsuelo una cripta que evoca la cueva. La paz interior que se consigue en el silencio de esos espacios propicia la introspección necesaria para realizar el viaje interior.

¿Centro iniciático?

Aunque se trate de una simple conjetura, y no pueda afirmarse con rotundidad, la cripta de Santa Marinha reúne todas las características para que los caballeros templarios encontrasen en ella un lugar ideal para reunirse y oficiar sus ceremonias secretas.

Este espacio abierto en las entrañas de la tierra, se convertía en un centro especial, donde se llevaba a cabo un nuevo nacimiento y una regeneración. El adepto era recibido para morir a su vida material, abandonando lo sensible, y salía completamente transformado y lleno de una nueva vida: la del iniciado.

Estamos en el sitio más adecuado para operar una transformación de la conciencia a través de una muerte simbólica y de un renacimiento hacia un nuevo estado del ser.

Si observamos con atención, veremos cómo algunos signos esculpidos en la cripta son representaciones de Aries, Tauro o Libra, transmitidos a través de los siglos por las sociedades herméticas de constructores, que en Galicia recibían el nombre de companheiros, el mismo que el de los compagnons franceses, creadores de las logias de maestros canteros medievales, quienes poseían conocimientos ocultos para la inmensa mayoría de las gentes de la época, pero que eran legados a través de ritos de iniciación a los espíritus escogidos. Estos herederos de los artesanos de los petroglifos y de la cultura megalítica fueron quienes sembraron con sus signos el ancestral camino al Finis Terrae, que más tarde se convertiría en la Ruta Jacobea.

No es de extrañar que los más viejos del lugar comenten que sus ancestros afirmaban haber visto extrañas luces o apariciones en este lugar sagrado. Al alba o al atardecer, en uno de esos días grises y lluviosos tan habituales en Galicia, cuando la niebla envuelve la zona uno espera ver aparecer de pronto jinetes de albas vestiduras y cruces bermejas. Esta tierra reúne magia, misterio, historia, mito y leyenda, en un conjunto simbólico pensado para sobrevivir milenios, transmitiendo un mensaje a los iniciados de todas las culturas posteriores. Aprender a descifrar sus signos equivale a remontar la corriente del tiempo para acceder a una verdad imperecedera.

LEYENDAS

COIA: LA LEYENDA DEL ÚLTIMO TEMPLARIO

Coya (oficialmente, en gallego, Coia) es una antigua parroquia del municipio de Vigo integrada actualmente en el núcleo urbano de la ciudad. En la actualidad es un barrio vigués, uno de las más populosos, con más de 30.000 habitantes.

Historia:

Documentos de la época recogen los nombres de las seis encomiendas templarias que había en Galicia: Faro, en las inmediaciones de A Coruña; Amoeiro, en la provincia de Ourense; Coia, próxima a Vigo y Canabal, San Fiz do Ermo y Neira, en la provincia de Lugo. Se sabe que existió una séptima encomienda en la villa de Betanzos, ya desaparecida por aquel entonces. Pero, ¿cómo y cuándo se produjo el asentamiento de la Orden del Temple en el Reino de Galicia?

Al fallecimiento del conde Gómez Núñez todas sus posesiones pasaron a la Corona, que, con el tiempo, las fue cediendo o aforando a los Templarios en el año 1200, quienes las ocuparon y mantuvieron en su poder, junto con sus ciudades, conventos, castillos y bailías (tenían una en Coia), haciendas y vasallos, hasta la forzada desaparición de su congregación en el 1309, en el que de nuevo pasaron al Estado durante el reinado de Fernando IV “El Emplazado”.

La Leyenda, la situamos en la encomienda de Coia.

El caballero Guílleme da Torre era un joven hidalgo que sentía correr por sus venas la sangre de los antiguos celtas y latir, bajo la férrea armadura que le cubría el pecho, un corazón nacido para la poesía y el amor. Como sus antecesores, soñaba en compartir los lauros del gay saber (nombre dado a la poesía lírica en lengua de Oc y a sus juegos florales); pero también le entusiasmaba la idea de poner el pie cerca de los muros de Jerusalén, para librar de profanación los venerables lugares.

Pero Guillelme se sentía con las fuerzas amortiguadas y con el alma enferma, desde que un día conoció a una joven, hidalga modesta, pero bellísima.

tumba

Una noche al resplandor de la luna, pudo el caballero cruzar una mirada y un suspiro con aquella joven, que le esperaba al pie de una cruz de piedra que se hallaba próxima al templo.

Rosalía – dijo él -, un abismo se interpone entre nosotros; no podremos unirnos jamás; porque yo seré templario.

 

¡Tú, templario! – exclamó ella, sintiendo asomar a sus ojos lágrimas amarguísimas – ¡Ay, tal vez mi cadáver deje fuera del ataúd la mano de desposada, si es así, estréchala tú entonces; pero pronuncia también mi nombre antes de tu muerte!

¡Rosalía, Rosalía, te comprendo! La flor de azahar tiene sus bodas de felicidad. Breve es el mundo; pero la siempreviva de los cementerios también tiene sus bodas de una amargura eterna.

Transcurrió el tiempo. Cierta tarde se acercaba un joven a las puertas de una abadía; mas, apenas puso el pie en los umbrales de esta, sintió que se le helaba el corazón, porque en el interior del templo varias voces entonaban un De Profundis.

A pesar de todo, siguió adelante y vio en medio de la iglesia, sobre un túmulo rodeado de antorchas, el cadáver de una hermosa mujer que tenía una mano fuera del ataúd.

El joven templario se acercó a aquel cadáver, estrechó aquella mano, vertió unas lágrimas y se retiró, hondamente abatido.

Después buscó un apartado asilo para entregarse a la meditación y a la melancolía. Lo halló en un majestuoso monasterio, levantado sobre peñascos, no lejos de donde la corriente del rio Miño va a morir a las olas del mar.

Allí el sonido de las campanas llamando a la meditación se confundían con el bramido del mar en los días de tormenta.

Era aquella época en que el rey de Francia, Felipe IV, había arrojado a las hogueras las enseñas que aquellos cruzados habían levantado en las márgenes del Helesponto (Antiguo estrecho de los Dardanelos); los templarios, sin hogar ni altares, iban a abandonar en todas las naciones sus últimos baluartes y castillos.

Y cuentan que se oyó una noche tocar a rebato la campana del monasterio. Varios hombres armados comenzaron a degollar sin piedad a los monjes, que sufrieron el martirio con valor y resignación.

Treinta y cinco templarios dormían ya el sueño de la muerte. Empezaba a rayar el alba y sólo quedaba una víctima por sacrificar. Era un joven de noble continente (aire del semblante y actitud y compostura del cuerpo); de cabellos rubios y ojos azules melancólicos.

Presentóse, pues a las puertas del convento en donde le esperaban sus verdugos con los aceros teñidos en sangre.

Aquí me tenéis – dijo -; soy el último templario.

Y poniendo una rodilla en tierra, levantó la mirada al cielo y exclamó:

¡Rosalía, Rosalía!

Después sintiendo en sus carnes el filo de las espadas, exhaló el último suspiro.

Pocos años más tarde moría en las orillas del Miño un noble perteneciente a la ilustre familia de Bernaldo de Quirós, señor de todos aquellos contornos. Y afirma la tradición que, para descargar tal vez la conciencia, ordeno que se escribiese esta cláusula en su testamento.

<<Dejo treinta y seis misas para bien de las almas de treinta y seis religiosos que , por orden del rey, y en una sola noche, he mandado degollar en la orilla del Miño.>>

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