CABALLEROS TEMPLARIOS. EN ORDEN DE BATALLA,

templarios

En el campo de batalla mira tu hombro, si llevas la cruz del templario…Perfecto, Si no la llevas…. Estas Perdido.

La regla describe la vida de los templarios en campaña de una manera tan minuciosa como la vida en las encomiendas. Era indispensable que la disciplina fuera absoluta si se quería esperar eficacia en el pequeño ejército templario. Sobre todo, era importante reaccionar ante el espíritu de independencia, de vanagloria y fantasía que caracterizaba al medio caballeresco. Caballeros, hermanos sargentos, indígenas turcos y escuderos debían hallarse en situación de responder en cualquier instante la llamada del maestre o del senescal y maniobrar como un solo hombre.

Situaciones descritas en la regla:

La regla prohíbe a los hermanos poner sus sillas, enjaezar sus caballos, montar y abandonar sus puestos antes de que el mariscal haya dado la orden. No obstante, recomienda estar prevenidos y cargar la impedimenta: estacas de la tienda, frascos vacíos, hachas, cuerdas y redes de pesca. Si un hermano tiene la necesidad de hablar con el mariscal, no debe de ir a caballo bajo ningún pretexto, sino a pie y regresar luego a su puesto esperando la orden. Cuando está se da, los hermanos montan a caballo después de haber inspeccionado los lugares y verificado que nada queda atrás, que no se olvida nada de lo que el capítulo podría pedir cuentas en caso de pérdida.

La regla dice que deben cabalgar sin desorden, ocupando su puesto en la columna, seguidos de sus escuderos respectivos. Cuando la columna está en marcha, cada uno de los hermanos hace pasar delante de él a sus escuderos y caballos de carga para vigilarlos. Si se hace de noche, hay obligación de silencio salvo por razones de servicio. Si un hermano debe de hablar con otro durante la marcha, abandonará su puesto junto con sus escuderos y caballos de carga y lo volverá a ocupar después de la conversación. Cuando un hermano debe de remontar la columna o volver atrás por cualquier asunto, debe cabalgar a sotavento con el fin de que la polvareda no se abata sobre la columna, cosa que impediría la visibilidad y causaría «mal y enojo» a los hermanos. Se prohíbe colocarse fuera de la columna para charlar y solazarse, prohibición incluida a los escuderos.

Nadie debe de alejarse de la columna sin permiso. La regla prescribe dirigirse en grupos a los puntos de agua para evitar las emboscadas. En tiempo de paz es posible detenerse en caso de rigor extremo y hacer beber a las bestias. En misión y tiempo de guerra esto está prohibido mientras el gonfalón-palio no se detenga cerca del abrevadero. En caso de alerta, los hermanos vuelven a subir a caballo, cogen su lanza y escudo y se reúnen en torno al mariscal esperando sus órdenes.

CAMPAMENTO

Ninguno debe ocupar su puesto hasta que no se haya gritado:»¡Señores hermanos, cobijaos en nombre de Dios!». Las tiendas se alzan alrededor de la que se considera la capilla, las tiendas del mariscal y del comendador de Tierra Santa, cerca de las cuales se encuentra la del comendador de la carne. Nadie envía a sus escuderos a por forraje o a por leña hasta que no se de la orden, cuando se da la orden sólo se envía a un escudero. Es preciso antes proteger las sillas de montar cubriéndolas con una manta. La inseguridad es tal que constantemente se temen las sorpresas, está prohibido alejarse de las fortalezas más de una legua y del campamento fuera del alcance de la voz. Los hermanos deben alternarse las horas para acudir a misa (no olvidemos que el servicio a Dios está por encima del servicio militar) en caso de que por causas ajenas esto fuera imposible, se reemplazaran por padres nuestros.

Cuando el «vocero» anuncia las «entregas», la distribución de las vituallas todos deben de dirigirse a la tienda del comendador de la carne. A continuación, regresan a sus tiendas y cocinan la comida con sus escuderos. Sólo se puede comer los alimentos entregados por el comendador de la carne, a no ser que sea pescado cogidos con red o animales cogidos a lazo, en cualquier caso, sin haberlos cazado, la caza está prohibida.

Los caballos están sometidos a la regla común. Los hermanos van a buscar su medida de cebada con barreños de la misma capacidad al forrajero, que se encuentra en el centro del campamento junto al gonfalonero. La regla obliga a velar con esmero por el alimento, la salud y la conservación de los caballos.

COMBATE

Poco antes de lanzarse a la carga, el mariscal toma el gonfalón o estandarte de la mano del submariscal en nombre de Dios. Ordena a entre seis y diez caballeros que vayan junto a él, se trata de combatientes experimentados conocidos por su valor. Deben de abatir al enemigo en el momento más oportuno protegiendo el gonfalón; no deben de alejarse de él ni abandonarlo, sino mantenerse lo más cerca posible y defenderlo todo lo que puedan. Cerca del mariscal se encuentra el comendador de los caballeros, que lleva enrollado en su lanza un gonfalón-palio, y que también está protegido por una decena de hermanos, su equivalente es el de estandarte de socorro. En el caso de que el mariscal sea abatido o desaparezca en batalla, el comendador de los caballeros despliega el suyo y vuelve a reagrupar a los combatientes.

Nadie tiene derecho, bajo ningún pretexto, a abandonar su puesto asignado según su rango. Cada comendador responsable de un escuadrón, lleva un pendón con los colores del Temple enrollado en una lanza y protegido por diez caballeros.

Cuando el mariscal es abatido, el comendador de los caballeros toma el mando, y si es herido o derribado, uno de los comendadores de los escuadrones debe de desplegar el suyo y asumir el mando. De este modo siempre hay un mando y un lugar de reagrupamiento de las fuerzas.

En medio de la polvareda y el tumulto del campo de batalla, el gonfalón-palio sigue siendo el punto de agrupación. Los caballeros y los hermanos sargentos tienen la obligación absoluta de no abandonarlo o de dirigirse a él en cuanto lo vuelvan a divisar. Si un templario es conducido por su caballo, en el fragor de la batalla, en medio de los sarracenos, debe de dirigirse al primer pendón de la orden que divise, sea o no la enseña de su escuadrón.

En caso de derrota, bajo ningún pretexto hay que abandonar el gonfalón, si en la confusión de la batalla perdida no divisa ninguno de los estandartes o enseñas del Temple, debe de dirigirse al estandarte de los hospitalarios y en su defecto al de un señor cristiano y , si no, que vaya «allá donde el Señor le aconsejare.»

Los que eran heridos o derribados del caballo y capturados, no podían ofrecer un rescate por ni renegar de su fe para salvar la vida. Por lo general, los musulmanes los decapitaban tras hacerlos prisioneros.

ENFERMERÍA

No era ninguna broma ingresar en el Temple, en caso de caer herido o enfermo, el caballero templario recibía el mejor de los tratamientos posibles de la época. Se ponía especial cuidado en evitar las enfermedades con un régimen alimenticio rico y variado y en aislar a los hermanos enfermos.

El hermano enfermero tenía conocimientos médicos suficientes para tratar enfermedades ordinarias, se especializaron en todo tipo de fiebres endémicas de Oriente. No podía rapar barbas, tratar llagas o recetar medicación sin autorización del comendador y trabajaba junto a médicos árabes mucho más avanzados en el campo de la terapéutica y la medicina que sus homólogos europeos.

El hermano enfermero tenía además una situación privilegiada dentro de la orden. Los responsables de la bodega, cocina, panadería, huerta y corral debían ejecutar las órdenes que daba. El comendador estaba obligado incluso a darles el dinero necesario para la compra de los productos necesarios que faltaran.

Los pacientes podían comer carne todos los días de la semana salvo el viernes. Estaba prohibido servir legumbres, carne de buey, de cochinillo, de cabra, de ternera, de oveja, anguilas y queso. Quedaban por tanto verduras frescas, pescado y carne de ave, lo que no era una dieta tan mala, por otra parte.

Se concedían habitaciones individuales a los heridos graves, gangrenas, enfermedades estomacales (disentería y vómitos) y enfermedades de tipo nervioso como las epilepsias.

“Erat autem casu Hierosolymis illis diebus ab Antiochia veniens, vir piae in Domino recordationis, miles eximius et in armis strenuus, nobilis carne et moribus, dominus Robertus, cognomine Burgundio, natione Aquitanicus, magister militiae Templi. Hic cum quibusdam de fratribus suis et cum iis qui Hierosolymis remanserant, paucis et promiscui generis equitibus, vexillum regium bajulante quodam domini regis familiari, Bernardo Vacher, subsequente populo, ad locum praedictum certatim et sub omni celeritate contendunt. Audientes itaque Turoi nostrorum adventum, locum deserentes Habehim, Joelis prophetae domum, versus Ebron patriarcharum sepulcrum, fugam inierant; volentes inde in plana Ascalonam versus descendere. Nostri autem, scientes hostium acies in fugam versas, non eisdem vestigiis inhaerentes, tanquam de tropaeo certi, sed ad diversa incaute nimis tendentes, fugientium spoliis magis quam stragi hostium insistebant imprudenter Quod intelligentes qui fugam inierant, iterum more solito conglobati, resumentes animos, dispersas acies, quantum possunt, revocare nituntur, nostrisque ex improviso et nimis confidenter irruentes, passim vagantes et securos invadunt, gladiis obtruncant; paucis tamen resistentibus et collectis adinvicem, pugna committitur.

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