TEMPLARIOS Y CÁTAROS GUARDIANES DE LA TRADICIÓN

Maria Magdalena

Bajo el patrocinio de Hugues de Payens, en el año 1118 nueve caballeros cristianos fundaron la Orden monástica y caballeresca del Templo de Jerusalén. Hermanados en los tres votos monásticos, pobreza, castidad y obediencia, los Caballeros del Temple constituyeron una orden cuya finalidad primordial y exotérica era garantizar la seguridad de los peregrinos que se dirigían a Tierra Santa. No obstante, pronto establecen redes paralelas comerciales y ágiles agencias bancarias, garantizando la seguridad de las transacciones comerciales, creando incluso su propia flota mercante. Bendecidos en un principio por la autoridad papal y amparados por San Bernardo, pronto entraron en colisión con la ortodoxia de la Iglesia, al incorporar ideas y elementos de la gnosis, como el Evangelio de Juan.

Unos monjes que, renunciando a los bienes del mundo, abrazan una vida sencilla, como simboliza el propio Sello de la Orden: dos monjes sobre un mismo caballo. Este emblema también puede significar conocimiento tanto del pasado como del futuro, o al ser andrógino del Edén primordial, o quizá la conexión y confluencia inevitable del esoterismo cristiano y árabe. Herederos de todas las tendencias esotéricas, siguen las huellas de los esenios, quienes buscaban en Jesús al Maestro de Justicia. Cristo deja de ser para ellos el Hijo de Dios y lo conciben más bien como un símbolo solar que nunca llegó a encarnarse y cuyo espíritu solo puede residir en los cuatro reinos, representados por los cuatro brazos de la cruz.

Se esfuerzan en no difundir el Evangelio de Tomás (Dídimo= Gemelo), presuntamente hermano gemelo de Jesús, que siguen en secreto. Algunos creen que este Dídimo Judas Tomás, dado su enorme parecido, quizá pudo sustituir al propio Jesús a la hora de la crucifixión, incluso otros más aventurados afirman que no hubo tal muerte, solo fue simulada mediante una pócima. En este evangelio, considerado “apócrifo”, se afirma: “… dos han reposado en el mismo lecho. Uno morirá, otro vivirá. La verdadera vida está en aquellos que son capaces de volver a ser uno… cuando los dos sean uno, cuando no haya más hombre ni mujer, entonces reinará el Reino de la Muerte”.

Misteriosa resulta la actividad oculta del temple queriendo mantener viva aquella doctrina que nada tenía que ver con el cristianismo oficial. En Jesús veían solo la simbiosis entre el Maestro de Justicia esenio y el agitador político de los zelotes (o zelotas), cuya única misión era socavar las estructuras del poder de Roma. Sabían que el cristianismo había sido edificado sobre Pablo, que supo aglutinar el descontento de las masas populares mezclando con habilidad temas gnósticos, símbolos mitraístas y la concepción griega del Kristos.

Los templarios oponen una concepción solar a la lunar del cristianismo, dando a la vida del hombre un sentido cósmico, iniciático, aunque su espíritu elitista aislado de lo mundano no tenía contrapartida popular. Buscan aparentemente en las ruinas del Templo de Salomón los vestigios de aquella sabiduría esotérica perdida: la piedra primigenia, el Grial, la piedra caída del cielo o desprendida de la corona de Lucifer… o quizá la cabeza de Juan el Bautista.

El blanco y negro de los templarios, los colores del “albedo” y “nigredo” de la obra alquímica, el oro potable y la piedra filosofal son dos nociones que señalan a una vida perdida, a una entidad desaparecida que el adepto debe recuperar a través de la obra. Una vida más allá de la mera vida terrestre, pasando por el proceso del “rubedo”, el sacrificio rojo de la sangre, que impone la transformación interior del hombre a través del hermetismo de la alquimia. Buscan salir del estrecho entorno de la mente racional, mediante caminos esotéricos por Mitos y Arquetipos: el devenir histórico de un ciclo que podía terminar en el año 2000 es el que los templarios intentaron neutralizar, mediante el acto de despertar esa parte de la mente humana que permanece dormida.

En cuanto el hombre más pierde la noción de sus Arquetipos más cae en el aprecio de unos valores materiales, para renunciar al que debería ser su único valor: el espíritu. El signo que simboliza esta búsqueda espiritual es el 8, que expresa tanto la noción de infinito o eternidad en la vida espiritual como que es también el doble trébol de cuatro hojas, que se repite en esos lugares mágicos donde las corrientes telúricas penetran y escapan formando ondas de energía. El 8 es también el signo de los dioses blancos que esperaba Moctezuma, el signo mágico de los druidas célticos, ese 8 que gira sobre su propio centro, que señala el camino de eternidad a aquellos “nacidos dos veces”.

En la concepción templaría, el hombre debe salir de la iniciación femenina y renunciar también a su apego a la Madre Gea (la Tierra), para pasar a la iniciación hiperbórea, solar, donde el hombre, desprendido de sus raíces terrestres, sea capaz de asumir iniciáticamente un concepto renovado de inmortal.

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